Julio y agosto concentran casi 850.000 procesos de incapacidad temporal, un 64 % más que en 2018. Un repunte que interpela a las empresas sobre planificación, cargas y reincorporación.
El verano registra un volumen elevado de procesos de incapacidad temporal por contingencias comunes. Un dato que invita a plantearse qué hay detrás de estas cifras y qué relación guardan con la salud, el descanso y la organización del trabajo durante los periodos vacacionales.
Según las estimaciones de AMAT, la Asociación de Mutuas de Accidentes de Trabajo, en 2025 los meses de julio y agosto concentraron un promedio de 846.773 procesos de incapacidad temporal por contingencias comunes. La cifra supone un 64 % más que en 2018, cuando se contabilizaron algo más de medio millón de procesos.
La evolución ha sido ascendente durante prácticamente todo el periodo analizado, con la excepción de 2020, un año condicionado por la pandemia. Pero ¿qué lectura podemos extraer de estos datos y qué nos pueden aportar en el desarrollo de una estrategia consolidada de bienestar laboral?
El aumento también se observa en otros periodos vacacionales
La tendencia no parece limitarse al verano. Según las mismas estimaciones de AMAT, durante la Semana Santa de 2025 se registraron 67.791 procesos de incapacidad temporal por contingencias comunes, un 54,4 % más que en 2018.
Más allá del aumento, las cifras abren una reflexión para las organizaciones sobre los factores relacionados con la planificación, las cargas de trabajo o la reincorporación que conviene tener en cuenta durante los periodos vacacionales.
Septiembre: volver también requiere adaptación
Después de varias semanas con horarios más flexibles, menor exposición a las obligaciones laborales y otras rutinas personales, recuperar el ritmo habitual puede necesitar cierto tiempo de adaptación. A ello pueden añadirse tareas acumuladas, cambios en la organización familiar, dificultades para conciliar o la sensación de tener que ponerse al día rápidamente con aquello que quedó pendiente antes de las vacaciones.
Es en este contexto donde suele hablarse del denominado “síndrome posvacacional”, utilizado para describir manifestaciones como cansancio, irritabilidad, alteraciones del sueño o falta de motivación durante los primeros días de reincorporación.
No obstante, conviene introducir un matiz importante: no se trata de una enfermedad ni de un diagnóstico clínico específico reconocido en los principales manuales diagnósticos. El término permite explicar determinadas dificultades asociadas a la reincorporación, pero también invita a observar qué factores personales y laborales pueden estar influyendo en ese proceso de adaptación.
¿Y si el problema no está únicamente en la persona?
La vuelta puede hacer todavía más visibles determinadas situaciones de desgaste cuando, después del descanso, las condiciones que las originaban permanecen intactas.
En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS) identifica factores como las cargas excesivas de trabajo, el escaso control sobre las tareas, la inseguridad laboral o determinadas condiciones del entorno entre los posibles riesgos para la salud mental. A escala mundial, se estima, además, que la depresión y la ansiedad provocan cada año la pérdida de unos 12.000 millones de jornadas laborales.
Esto no significa que una baja después de las vacaciones tenga necesariamente su origen en el trabajo. Pero sí recuerda que la salud de los equipos no puede analizarse únicamente desde una perspectiva individual.
¿Se redistribuyen adecuadamente las tareas cuando alguien se ausenta? ¿El trabajo queda acumulado para septiembre? ¿Los equipos cuentan con margen suficiente para reorganizarse? ¿Se concentran las horas extraordinarias en determinados momentos? ¿Son asumibles los objetivos y las cargas?
Preguntas como estas ayudan a ampliar el foco y a distinguir una dificultad puntual de adaptación de dinámicas organizativas capaces de generar un desgaste más sostenido.
La prevención empieza antes de cerrar el ordenador
Una buena gestión de las vacaciones no comienza el último día antes de marcharnos ni termina el primero tras la incorporación.
Planificar las ausencias con antelación, repartir responsabilidades, establecer prioridades realistas y evitar que las tareas pendientes se acumulen para septiembre son también medidas de prevención que deberían formar parte de una buena estrategia de bienestar laboral.
Porque una reincorporación saludable no se construye únicamente en septiembre. Es el resultado de un trabajo que se mantiene durante todo el año: revisando cargas, cuidando la organización, facilitando la desconexión y anticipando los momentos de mayor exigencia. Y la vuelta puede ser, precisamente, un buen punto de partida.
Bonne rentrée!




