Calor extremo y trabajo: el cambio climático ya es un riesgo laboral

por Raquel Santos | Jun 25, 2026

La primera gran ola de calor del verano acaba de recordar algo que las empresas ya no pueden tratar como una anomalía estacional: el cambio climático está modificando las condiciones reales en las que se trabaja. No hablamos solo de temperaturas incómodas o de unos días especialmente duros. Hablamos de un riesgo laboral creciente, más frecuente, más intenso y con impacto directo sobre la salud, la seguridad, la productividad y la organización del trabajo.

En los últimos días, España y buena parte de Europa han vuelto a quedar expuestas a temperaturas extremas, noches tropicales y avisos meteorológicos que obligan a mirar el calor desde otra perspectiva. La pregunta ya no es si las empresas deben reaccionar cuando llega una ola de calor, sino cómo incorporan estos episodios a su gestión preventiva antes de que se conviertan en daño.

Más del 70 % de los trabajadores y trabajadoras del mundo se exponen a graves riesgos para la salud relacionados con el cambio climático. Así de contundente se mostraba un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicado en 2024 sobre esta amenaza creciente.

Una amenaza que se traduce en calor excesivo, radiación ultravioleta —asociada al cáncer por melanoma—, fenómenos meteorológicos extremos, contaminación del aire en el lugar de trabajo, enfermedades transmitidas por vectores y consecuencias derivadas del trabajo con productos agroquímicos.

Respecto a este último factor de riesgo, la OIT calcula que más de 870 millones de trabajadores de la agricultura se ven afectados, probablemente expuestos a pesticidas, con más de 300.000 muertes anuales atribuidas.

El problema del calor en España

En España, el calor excesivo gana relevancia como factor de riesgo laboral cada verano, e incluso cada primavera. El calor genera estrés térmico, puede provocar insolación, agotamiento, síncopes, sarpullidos y agravar enfermedades cardiovasculares o provocar lesiones renales agudas.

La actualidad reciente vuelve a situar esta cuestión en primer plano. La ola de calor de junio de 2026 ha llegado muy pronto, con temperaturas extremas en distintos puntos del país y con un impacto que se ha sentido también en buena parte de Europa. Aunque los episodios de calor puedan remitir, el riesgo para la salud no desaparece de inmediato: la acumulación de fatiga, la exposición prolongada, la humedad y la falta de descanso nocturno agravan sus efectos, especialmente en quienes trabajan al aire libre o en espacios mal climatizados.

El pasado año, sin ir más lejos, una mujer de 61 años en Cádiz se convertía en noticia al fallecer por un golpe de calor mientras trabajaba en la vía pública. También lo hacía un joven de 22 años en Jaén, tal y como informaban medios como RTVE.es. Estos casos no deberían leerse como sucesos aislados, sino como señales de un riesgo que necesita más anticipación, más control y más cultura preventiva.

Las leyes sobre seguridad y salud en el trabajo incluyen, por lo general, medidas básicas para proteger a los trabajadores de las temperaturas extremas. Sin embargo, en muchos países es necesario habilitar una normativa específica frente al calor excesivo. España es uno de ellos.

No en vano, la temperatura media en verano en España ha aumentado aproximadamente 2 ºC en las últimas tres décadas. Y 2025 registró el verano más cálido de la serie histórica en el país, con una temperatura media en la España peninsular de 24,2 ºC, 33 días bajo ola de calor y picos de hasta 45,8 ºC en ciertos puntos del país.

“El aumento de las temperaturas globales debido al cambio climático provocará olas de calor más frecuentes y graves, causando un aumento de la mortalidad, una reducción de la productividad y daños en las infraestructuras”, señala el informe de la OIT.

Los accidentes laborales aumentan un 17,4 % durante las olas de calor, según datos del INSST y AEMET. Y ese dato resulta especialmente relevante en este momento, cuando los episodios de calor extremo están dejando de ser un fenómeno puntual para convertirse en una condición cada vez más habitual del trabajo durante varios meses del año.

Según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), entre el 16 de mayo y el 30 de septiembre de 2025 se registraron en España 3.832 muertes asociadas al exceso de temperatura en la población general, un 87,6 % más que en 2024. Los episodios de calor extremo crecieron un 73 % respecto al año anterior.

La legislación española frente al calor

La Estrategia Española de Seguridad y Salud en el Trabajo 2023-2027 trata de gestionar, desde la prevención, las necesidades acuciadas por el cambio climático. Por ejemplo, señala acciones de mejora para quienes se ven expuestos a temperaturas extremas, especialmente en colectivos vulnerables. Así, señala, “la temperatura debe situarse entre 17 y 27 °C en aquellos locales de trabajo cerrados donde se realicen trabajos sedentarios y entre 14 y 25 °C en aquellos donde se realicen trabajos ligeros (anexo III del Real Decreto 486/1997)".

Además, el Real Decreto-ley 4/2023, introdujo medidas urgentes como la protección a los trabajadores al aire libre mediante medidas como “la restricción de determinadas tareas durante condiciones meteorológicas extremas y la alteración de las condiciones de trabajo si se emiten avisos de tiempo caluroso, asegurando que no se reduzca el salario si se interrumpe el trabajo”.

Por otra parte, en nuestro país, existen convenios sectoriales que aplican medidas concretas. El de la  Construcción, por ejemplo, señala que cuando las temperaturas sean extremas, especialmente durante las olas de calor, se deberán habilitar jornadas de trabajo con horarios adaptados para evitar las horas de mayor insolación. En CCAA como Andalucía y Extremadura, donde el calor resulta asfixiante buena parte del verano, se restringe la jornada laboral.

La responsabilidad de la empresa

Trabajar a altas temperaturas entraña riesgos para la salud. Y las empresas tienen la responsabilidad de velar por la seguridad y el bienestar de sus plantillas. En el escenario actual, esto implica considerar las consecuencias del cambio climático —y, de manera muy concreta, el calor extremo— como un riesgo laboral a mitigar.

La respuesta no puede limitarse a reaccionar cuando el termómetro ya ha alcanzado niveles críticos. Hace falta anticipación. Evaluar los puestos expuestos, identificar colectivos vulnerables, revisar tareas, ajustar horarios, reforzar descansos, asegurar hidratación, garantizar sombra, formar a mandos y trabajadores, y establecer protocolos claros para suspender o adaptar trabajos cuando las condiciones lo exijan.

Entre las medidas necesarias destacan:

  • Desarrollo de una evaluación exhaustiva de riesgos relacionados con el cambio climático en el lugar de trabajo.
  • Implementación de un plan de medidas adaptadas a cada actividad, con especial atención a colectivos vulnerables.
  • Adaptación de horarios y, cuando sea necesario, paralización temporal de determinadas tareas.
  • Incremento de descansos y pausas regulares.
  • Acceso garantizado a agua potable, zonas de sombra y ropa protectora adecuada.
  • Mecanización de tareas para reducir cargas físicas.
  • Sistemas de climatización siempre que sea posible.
  • Creación de puestos de primeros auxilios y formación específica para detectar signos de golpe de calor, agotamiento o estrés térmico.

Hace apenas unas semanas, el INSST y la AEMET presentaban un proyecto para prevenir los riesgos por altas temperaturas en los trabajos al aire libre. El objetivo: alertar de las consecuencias de la radiación solar y las altas temperaturas, cada vez menos anecdóticas, y recordar que los accidentes laborales aumentan un 17,4 % durante las olas de calor.

Esa es quizá la gran lectura de este momento. El calor ya no puede gestionarse como una incidencia meteorológica ni como una incomodidad propia del verano. Es un factor de riesgo que afecta a la salud, al rendimiento, a la seguridad y a la organización del trabajo. Las empresas que lo entiendan antes estarán mejor preparadas para proteger a sus equipos y para adaptarse a un clima laboral —en el sentido más literal del término— que ya ha cambiado.

Raquel Santos
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