Las reacciones involuntarias de nuestro cuerpo no distinguen entre encontrarnos con un animal salvaje cara a cara, enfrentarnos a una jornada laboral completa de trabajo o competir en una carrera en la que queremos mejorar nuestra marca a toda costa. Las tres situaciones son estresantes y desencadenan una serie de mecanismos en nuestro cuerpo.
Corazón: Hormonas como el cortisol y una presión sanguínea más alta ponen a nuestro corazón en alerta y listo para el ataque o la huida.
Sistema Nervioso: Dividido en sistema simpático (activación) y parasimpático (relajación). El simpático manda en estas ocasiones, por eso estamos activados.
Cerebro: En situación de alerta, más receptivo a sensaciones, puede hacer que nos sintamos más susceptibles y jugarnos una mala pasada empujándonos a comer más de lo que necesitamos o a fumar para intentar calmarnos.
Músculos: Aumentan su tono temporalmente, por eso podemos sufrir contracturas con más facilidad. Reciben más sangre, preparados para moverse.
Sistema digestivo: Nuestro flujo sanguíneo se dirige, sobre todo, a los músculos así que es probable que nuestra digestión no se realice de forma completa y podamos sentir el estómago agitado. Además, puede hacer que almacenemos más grasa.
Genitales: Se puede llegar a producir disfunción eréctil en los hombres e inapetencia sexual en mujeres, por menor riego en la zona genital. Es un mecanismo ancestral: si había una emergencia, se debía huir o luchar, no era el momento de reproducirse.
Un poco de estrés puede resultar positivo, ya que nos sentiremos más enérgicos en el día a día. Solo debemos aprender a reconducirlo y aprovecharlo a nuestro favor, pues si no sabemos controlarlo nos superará y puede derivar en problemas más graves.




