Neuroderechos y neuroética, la nueva frontera del bienestar digital

por Raquel Santos | Jun 18, 2026

¿Qué son los neuroderechos? Muchos departamentos de RRHH teclean dicha pregunta en su buscador online cuando escuchan por vez primera este término. Y es que, los neuroderechos resultan tan novedosos como el uso de herramientas de IA, Big Data, etc., por parte de las empresas. También la denominada neuroética. Comencemos por aproximarnos a ambos conceptos antes de ahondar en su importancia como nueva frontera del bienestar digital. 

¿Qué son los neuroderechos?

Podríamos señalar que los neuroderechos son la respuesta jurídica a un riesgo incipiente: el acceso no autorizado (al menos no de manera expresa) y la manipulación de la mente de las personas mediante el uso de biotecnología y tecnología neuronal. 

A priori, esta cuestión podría sonar a ciencia ficción, sin embargo, no es así. Este riesgo aumenta en la medida en que las empresas emplean tecnología disruptiva de carácter neuronal. Es decir: tecnología capaz de modificar nuestra actividad cerebral y, con ello, nuestras percepciones y nuestros hábitos de consumo o de vida.

¿Qué es la neuroética?

La neuroética, por su parte, estudia las implicaciones éticas, legales, sociales, culturales, etc., del desarrollo y uso de las neurotecnologías. Y lo hace desde la perspectiva de la responsabilidad ética y moral de aquellas organizaciones, instituciones, empresas…, que podrían poner en jaque la privacidad y la protección de datos personales.

La urgencia en el impulso de los neuroderechos

Rafael Yuste Rojas es, hoy por hoy, no solo el neurocientífico español más relevante a nivel internacional, sino un nombre y apellidos relacionado de forma inevitable con el concepto de neuroderechos. Su propuesta sobre la necesidad urgente de establecer un marco jurídico que proteja la privacidad e identidad mental de las personas es ampliamente conocida. 

No en vano, Yuste cuenta con una publicación que se ha convertido en un libro de cabecera sobre el tema: Neuroderechos, Un viaje hacia la protección de lo que nos hace humanos (Ediciones Paidós, 2025) y es presidente de la Fundación Neuroderechos NeuroRights

En un encuentro celebrado por Fundación Telefónica a finales del pasado año, Yuste señalaba cómo “el cerebro genera la mente humana y es precisamente la mente humana lo que nos define como seres humanos”, por lo que, explicaba, “el mejor abordaje a estos problemas que hemos levantado con estas tecnologías es aplicar una receta de derechos humanos que los cubra”. Esa receta se compone de cinco neuroderechos, que Yuste desgrana en su libro:

  • Privacidad mental: protección de la información cerebral. 
  • Identidad personal: limitación del uso de neurotecnologías que puedan alterar la conciencia.
  • Libre albedrío: garantiza que las personas tomen decisiones libremente y controlen sus propias acciones.
  • Acceso equitativo: acceso igualitario a las tecnologías de mejora de capacidades.
  • Protección contra sesgos: uso de algoritmos justos y transparentes.

Neurodecrechos y bienestar: cara y cruz de una misma moneda

Yuste dedica actualmente buena parte de su carrera a estudiar las implicaciones ética y sociales de las neurotecnologías “por la responsabilidad que tenemos quienes nos hemos involucrado en esta neurotecnologia no solo de desarrollar los métodos para ayudar a la humanidad sino de ayudar a la humanidad  protegiéndola de las consecuencias negativas de la utilización de estos métodos si se desbocan”.

Y es que, la tecnología neuronal, aquella que permite medir y manipular la actividad cerebral a través de estímulos eléctricos externos y que se considera un hito terapéutico (por ejemplo, para mejorar capacidades cognitivas como la memoria o estados de ánimo para quienes padecen ciertas enfermedades) trasciende la esfera del bienestar personal para recalar en otros fines no tan loables, como pueden ser el control de conductas en un contexto de conflicto bélico o incluso de consumo en el de estrategias de publicidad o marketing. 

“La «economía neural» ha convertido la actividad eléctrica del cerebro en el activo más valioso del capitalismo de vigilancia. Mientras Cajal pasó su vida entera cartografiando el sistema nervioso para comprender la vida, empresas de neurotecnología recopilan hoy esos mismos mapas eléctricos para comprender —y eventualmente influir en— el comportamiento del consumidor. El debate sobre los neuroderechos ya no es académico: es urgente”, alertaba José Francisco Adserias recientemente en un texto publicado en la web Santiago Ramón y Cájar. In memoriam.

Neuroética desde las organizaciones 

Manipulación mental, explotación con fines comerciales de datos sensibles…, son muchos los peligros que acechan si no se toman medidas al respecto. Sin embargo, al margen de que deba existir un marco legislativo apropiado, las empresas que se mueven en el campo de la biotecnología o el neuromarketing mediante el uso de IA o big data deberían articular un marco propio, interno, donde la neuroética cobre relevancia. 

La ética aplicada a las neurociencias y al comportamiento o aplicada al negocio, como es el caso del neuromarketing y el neuromanagement, cobra así relevancia. De hecho, debería ser ese filtro  que permease en las estrategias corporativas para fijar límites claros, por ejemplo, en el diseño de productos y de publicidad, para que sean más transparentes y responsables. No utilizar los sesgos cognitivos o el miedo inconsciente para forzar ventas, especialmente en sectores vulnerables como la alimentación infantil, las apuestas o los créditos rápidos, es cada vez un asunto más urgente.

De hecho, se dice que la privacidad cognitiva será el nuevo límite de los Recursos Humanos, pues con el auge de dichas herramientas, como aquellas que detectan el cansancio de los empleados y empleadas, la neuroética se vuelve crucial en el entorno laboral y, con esta, la protección de los datos cerebrales.

De hecho, en este último sentido, las organizaciones deben garantizar que los datos biométricos o de atención de sus trabajadores y trabajadoras se usen exclusivamente para la prevención de riesgos laborales (por ejemplo, evitar que un conductor de camión se duerma) y nunca para evaluar su rendimiento, despedirlos o espiarlos.

En definitiva, aplicar la neurociencia en la empresa debe servir para adaptar el entorno de trabajo a las necesidades humanas, y no para forzar al cerebro humano a rendir por encima de sus límites saludables.

Raquel Santos
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