En entornos de alta exigencia, prestar especial atención a las señales de fatiga resulta vital. Aunque hablar de entornos de alta exigencia es hacerlo, hoy en día, de la mayor parte de los entornos laborales. Porque a los hitos de productividad, plazos de ejecución, calidad, adaptabilidad tecnológica…, se suman una gran incertidumbre, que paraliza a buena parte de los profesionales, y el estrés sobrevenido de la tarea diaria de conciliar.
Y es que, nos encontramos en lo que algunos autores han denominado la era del agotamiento. Tanto es así que, en los últimos dos años, han sido numerosas las publicaciones que diseccionan los entornos laborales y el ajetreo diario para averiguar por qué parecemos más agotados que nunca. Según las últimas encuestas, de hecho, dicen sentirse así más del 70 % de empleados y empleadas de toda Europa. Un informe de Raddstad señala que solo una de cada diez personas encuestadas afirma no sentirse nunca estresada.
Este agotamiento no solo supone un riesgo elevado para los y las profesionales, para su salud tanto física como mental; sino de manera estructural para las organizaciones, y específicamente para la gestión del talento.
Tanto es así que, en el caso de los departamentos de RRHH, la capacidad de identificar esas señales corporales y psicológicas tempranas de agotamiento se han convertido en una llave necesaria para garantizar el éxito y la propia sostenibilidad organizacional.
La relevancia del burnout
Capítulo específico merece el burnout, ese síndrome caracterizado por el agotamiento emocional, despersonalización y reducción del rendimiento profesional cuyas señales se han evidenciado. De hecho, hoy en día, estas sirven como instrumento estándar para averiguar el grado de desgaste de los trabajadores y trabajadoras en el entorno laboral. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el burnout como un fenómeno ocupacional, enfatizando su origen en estrés crónico no gestionado en el trabajo.
Y es que, numerosas investigaciones han demostrado desde hace ya tiempo que este síndrome no atiende a sensaciones subjetivas, sino que tiene consecuencias detectables tanto a nivel físico como psicológico y cognitivo.
Así pues, podemos hablar no solo del burnout como un concepto validado como síndrome relacionado con estrés crónico laboral, sino del agotamiento como causa de un conjunto claro de señales físicas, cognitivas y de comportamiento en el entorno de trabajo.
Señales corporales clave: cuando el estrés se comunica a través de nuestro cuerpo
Además de la incapacidad para conciliar el sueño o el dolor de cabeza continuado, que pueden ser, a priori señales más evidentes de la proximidad al agotamiento extremo, parecen otros elementos menos palpables que, sin embargo, son igualmente significativos:
1. Fatiga persistente
La manifestación más común y precoz de un agotamiento donde el estrés laboral supone una carga importante es el de sentir una fatiga profunda y de manera continuada. Es decir, que no se alivia con descanso, por ejemplo, durmiendo incluso más de ocho horas al día o tomando unas vacaciones.
2. Dificultad para abordar tareas simples
Aquellas rutinas diarias que antes abordamos sin mayor problema, ahora suponen toda una proeza. La sensación de pesadez física, como si el cuerpo requiriera más energía de la que tiene, o de encontrar la respuesta a problemas simples y habituales suele ser común en estos casos.
3. Falta de concentración y “niebla mental”
Una de las señales menos visibles pero altamente disruptivas es la disminución de la función cognitiva. Es decir, la incapacidad de concentrarse y esos olvidos frecuentes que adolecen quienes sufren gran estrés. Y es que, la atención y la memoria se resienten de manera importante.
4. Síntomas físicos inespecíficos pero recurrentes
El agotamiento laboral o aquel al que este fuerza de alguna manera se manifiesta en el cuerpo de formas variadas y a veces difíciles de discernir.
Algunos de ellos son:
- Dolores musculares y tensión en determinadas zonas del cuerpo: espalda, cuello…
- Problemas gastrointestinales como sensación de náuseas, malestar estomacal…
- Palpitaciones o tensión arterial elevada.
- Infecciones frecuentes o sistema inmunitario debilitado.
- Irritabilidad, frustración, enfados recurrentes.
- Desapego emocional al trabajo y los compañeros y compañeras.
- Ciclos de pensamientos negativos enlazados y recurrentes.
- El miedo a la hora de enfrentarse a cualquier nuevo desafío.
- La falta de confianza, la inseguridad y la sensación de fracaso, de no llegar.
Todas estas señales, que van de las físicas a las conductuales y relacionales, ofrecen cambios visibles en el desempeño. De hecho, están asociadas a una disminución en el rendimiento y al aumento de errores. Porque un profesional afectado por agotamiento no sólo se siente mal, sino que su desempeño objetivo se deteriora.
Las señales y su interpretación desde RRHH
Las respuestas somáticas vinculadas al estrés emocional suponen un elemento fundamental para aquellos departamentos de RRHH donde se busca acertar con la estrategia de bienestar adecuada.
Un estudio analítico totalmente personalizado puede, por ejemplo, identificar qué síntomas somáticos (como el malestar gastrointestinal o las crisis de ansiedad) predicen el desarrollo de dolencias más graves como el burnout persistente años después, como señala este estudio de 2025.
De hecho, este tipo de acciones deberían incorporar un sesgo de género, porque tal y como recogen estudios como el llevado a cabo para personas empleadas en el Retail en 2024 en España, “las mujeres exhiben un mayor agotamiento emocional y despersonalización”.
¿Cuándo y por qué tomar estas señales en serio? Umbrales de intervención
Hay que señalar que las señales, como las anteriormente mencionadas, se vuelven particularmente relevantes cuando:
Persisten más de 2–4 semanas a pesar de adoptar cambios en el día a día laboral.
Interfieren en la capacidad de cumplir con las responsabilidades diarias, desde las laborales a las personales.
Cuando merman las relaciones humanas.
Cuando afectación del descanso.
Si se acompañan de pensamientos persistentes de desesperanza o incapacidad para afrontar el día a día.
Todos estos signos pueden ser medibles a través de soluciones ideadas para obtener datos cuantificables de desgaste totalmente objetivos.
Y ante estos patrones persistentes, es recomendable que tanto el profesional como el equipo de RRHH consideren una evaluación formal por parte de profesionales de la salud física y mental.
Desde la perspectiva de RRHH, reconocer y actuar sobre estas señales no es solo un acto de responsabilidad para con sus empleados y empleadas, sino una estrategia de gestión del capital humano que protege la productividad y reduce costos asociados a posible absentismo, rotación indeseada y bajos niveles de compromiso y satisfacción laboral.






