Los días se acortan, la luz baja y el cuerpo lo acusa a media tarde. Una selección de alimentos de temporada —del pescado azul a las legumbres— que ayudan a sostener el ánimo y la energía durante la jornada laboral.
Llega octubre y algo cambia en la oficina. No en los objetivos ni en la carga de trabajo, sino en el cuerpo de quienes la sacan adelante: la luz se retira antes, la mañana cuesta más y, sobre todo, aparece ese bajón de media tarde en el que la concentración se diluye y el ánimo se apaga sin motivo aparente. Tiene nombre, astenia otoñal, y una explicación fisiológica: el acortamiento de los días y el descenso de la exposición solar alteran el ritmo circadiano y los niveles de energía. Frente a ese desajuste estacional, la alimentación puede desempeñar un papel bastante más relevante de lo que solemos concederle.
La razón está en la química del bienestar. Buena parte de la serotonina —el neurotransmisor asociado a la calma y al equilibrio emocional— no se fabrica en el cerebro, sino en el intestino, lo que convierte a la dieta en un aliado directo del estado de ánimo a través del llamado eje intestino-cerebro. Para producir esa serotonina y otros neurotransmisores como la dopamina, el organismo necesita determinadas materias primas que abundan, precisamente, en los productos de temporada: triptófano, magnesio y ácidos grasos omega-3. La buena noticia es que la despensa de otoño está bien surtida de todos ellos.
Lo que conviene poner en el plato
El pescado azul es quizá el más valioso de la lista. Salmón, sardinas, boquerones o caballa aportan grandes cantidades de omega-3, ácidos grasos fundamentales para el buen funcionamiento cerebral y para reducir la inflamación, un factor que la investigación relaciona cada vez más con la salud mental. A su lado, la calabaza y sus semillas, emblema de la estación, combinan antioxidantes, magnesio y triptófano, los dos últimos esenciales tanto para el equilibrio emocional como para un descanso reparador, ese que a menudo se resiente con el cambio de hora.
Las legumbres merecen recuperar su protagonismo justo ahora, cuando apetece el plato de cuchara templado. Lentejas, garbanzos y alubias son ricas en triptófano, en vitaminas del grupo B y en proteína de calidad, y favorecen la producción de serotonina a la vez que cuidan el tránsito intestinal, pieza clave de ese eje que conecta digestión y ánimo. Un puñado diario de frutos secos —nueces, almendras, avellanas— añade magnesio y grasas saludables que nutren el sistema nervioso y ayudan a sostener la concentración durante la jornada; conviene no olvidar que son calóricos, de ahí la medida del puñado. Y para los momentos de fatiga, el plátano ofrece una combinación eficaz de vitamina B6 y potasio que contribuye a fabricar serotonina y a mitigar el cansancio físico y mental, un tentempié mucho más sensato a media mañana que el enésimo café.
No pueden faltar dos protagonistas del otoño con aval experto. Las setas, además de su versatilidad en la cocina templada, aportan vitamina D y ergotionina, un potente antioxidante con efectos beneficiosos sobre el cerebro. Y el chocolate negro, en sus versiones más puras —a partir del 70% de cacao—, aporta magnesio, flavonoides y una pequeña dosis de triptófano que puede echar una mano al buen humor. Un cuadradito, entendámonos, no la tableta: aquí la virtud está en la calidad y no en la cantidad.
Comer bien es una parte, no la solución entera
Conviene, sin embargo, no caer en la fantasía del alimento milagroso. Ningún ingrediente, por virtuoso que sea, cura un estado de ánimo por sí solo, y así lo subrayan los propios especialistas: el psiquiatra Marc Agraz recuerda que no se trata de depender de superalimentos, sino de mantener una base nutricional equilibrada que acompañe al descanso, a la actividad física y a la gestión del estrés. En la misma línea, la nutricionista Ingrid Daniele, de Blue de Sanitas, señala que una alimentación variada y rica en productos frescos de temporada es, en muchos casos, la primera medida para prevenir el cansancio crónico y los cambios de humor. Primera medida, no única. Y desde luego, ningún plato sustituye a un tratamiento médico cuando el malestar va más allá del bajón estacional.
Para una empresa que se toma en serio el bienestar de sus equipos, esta lógica tiene una traducción sencilla y nada costosa. Un frutero con plátanos y fruta de temporada en la zona común, un menú de comedor que dé espacio a las legumbres y al pescado azul, unos frutos secos a mano en lugar de la máquina de bollería: pequeños gestos que, sin prometer milagros, ponen las condiciones para que el cuerpo fabrique por su cuenta parte de la calma y la energía que el otoño le complica.
Porque cuidar cómo comen las personas que trabajan es, también, una forma discreta de cuidar cómo se sienten mientras lo hacen.





