El pasado viernes 29 de mayo, la Casa del Libro de Gran Vía acogió la presentación de La edad no importa, el libro de la doctora Carmen Romero, un valioso trabajo sobre longevidad saludable, medicina preventiva y cuidado integral de la salud. La autora estuvo acompañada por Pedro Ruiz, que aportó a la conversación ironía, profundidad vital y una mirada muy personal sobre el paso del tiempo.
Carmen Romero es doctora, fundadora de Bhital y experta en medicina de longevidad saludable. Además, vivió durante tres años en Bali, una experiencia que le permitió acercarse a saberes de la medicina oriental que hoy integra, con criterio, en su conocimiento y en su práctica clínica.
El acto nos regaló a los asistentes una inspiradora conversación sobre cómo queremos envejecer, qué margen tenemos para influir en nuestra salud y hasta qué punto la medicina está cambiando la forma de mirar el paso de los años. Fue un diálogo que combinó el extenso conocimiento de la doctora Carmen Romero con la elocuencia y el poso de experiencia de Pedro Ruiz, un artista del renacimiento experto en aquello que Zygmunt Bauman llamó El arte de la vida. Todo ello acompasado de manera inmejorable por el periodista Josep Puigbó, que, como los mejores del gremio, supo extraer el elixir de una conversación capaz de estimular el cerebro y conectar con el alma.
Una nueva forma de leer el paso de los años
La frase central de la tarde llegó pronto y marcó el tono de la conversación: “El envejecimiento debe ser entendido como una enfermedad tratable”. Más que una provocación, Carmen la enunció como una propuesta a mirar el envejecimiento desde otro lugar. Si la edad es uno de los grandes factores de riesgo de muchas enfermedades crónicas, tiene sentido preguntarse qué mecanismos biológicos hay detrás y cómo podemos intervenir sobre ellos.
Explicó que la medicina de la longevidad no busca negar el paso del tiempo, sino comprender mejor sus procesos para retrasar el deterioro y ganar años con calidad de vida.
“Hoy podemos afirmar que es posible desacoplar el hecho de acumular años y enfermar".
La cita resume bien el cambio de paradigma: una cosa es cumplir años y otra muy distinta es cómo los cumple nuestro cuerpo.
La edad cronológica y la edad biológica
Para comprender la nueva longevidad es fundamental distinguir entre edad cronológica y edad biológica. La primera es la que marca el calendario. La segunda habla de nuestra salud real a partir de marcadores como la longitud de los telómeros, la edad epigenética, la inflamación crónica de bajo grado o el equilibrio de la microbiota intestinal.
“La edad cronológica es la que pone el DNI. La biológica, la dirijo yo”.
La frase de Romero no buscaba convertir la longevidad en una cuestión de voluntad individual, sino desplazar el foco: del tiempo que pasa a cómo lo atraviesa el organismo. Ahí es donde el estilo de vida, la prevención y el seguimiento de determinados indicadores permiten leer el envejecimiento con más matices que los que ofrece una fecha de nacimiento.
Pedro Ruiz lo llevó a su terreno con una mezcla de poesía y desafío vital:
“Me he hecho amigo de la edad, pero no salgo con ella”. Y añadió, en uno de los versos que leyó durante la presentación: “Los años son una cifra, pero la cuenta es la vida. Para rendirse no hay prisa y yo mando en mi partida”.
Los asistentes pudimos comprobar que la conversación tejía los conceptos de forma heterodoxa con ingredientes claves como la actitud y el relato personal en que cada persona se sitúa ante el inexorable paso del tiempo.
Genética, hábitos y pequeñas decisiones
La doctora llevó la genética al terreno de la vida cotidiana. Recurrió al ejemplo de dos gemelos que comparten una misma predisposición, pero que con el paso de los años pueden recorrer caminos de salud muy distintos. Uno puede desarrollar diabetes y otro mantenerse sano si entre ambos han mediado formas diferentes de alimentarse, moverse, descansar, gestionar el estrés o relacionarse con su entorno emocional.
“Hay muchas cosas que podemos hacer aunque tengas una genética que no haya sido la ideal”.
Su mirada situó el futuro de la salud en la relación entre genética, estilo de vida, microbiota y epigenética, una zona donde el organismo no se comporta como un mecanismo cerrado, sino como una biografía biológica que se va modulando con lo que hacemos de forma repetida.
En ese marco entran las decisiones pequeñas. Las que no suelen tener épica, pero sí acumulación: qué comemos, cuánto nos movemos, cómo dormimos, qué lugar ocupa el estrés en nuestra rutina o qué estímulos damos al cuerpo para que conserve su capacidad de respuesta.
El enfoque de Romero fue práctico y profundamente cotidiano. Lejos de plantear la longevidad como una carrera hacia la vida perfecta, la situó en un plano más posible: el de las decisiones diarias que, sostenidas en el tiempo, pueden abrir una trayectoria distinta.
Medicina de precisión y estilo de vida
La autora defendió una medicina más precisa, más preventiva y más participativa. Frente al modelo del “fármaco de talla única”, habló de farmacogenética, análisis personalizados, suplementación ajustada a cada persona y comprensión real de las necesidades individuales.
En su visión, los fármacos siguen siendo necesarios cuando lo son, pero no deberían ser la única respuesta ni aplicarse sin tener en cuenta la biología concreta de cada paciente.
“No te puedo dar a ti el mismo antihipertensivo que le doy a otra persona porque tu genética metaboliza de una manera diferente”
Ahí aparece uno de los ejes más interesantes de La edad no importa: la medicina de la longevidad no se opone a la medicina convencional, pero pide ampliarla. Más prevención, más precisión, más tiempo para diagnosticar, más conciencia del estilo de vida y más responsabilidad compartida entre profesional y paciente.
El estrés como pandemia silenciosa
El estrés ocupó uno de los momentos de mayor densidad de la conversación. Romero lo situó entre las grandes heridas de nuestro tiempo por su capacidad para atravesar el cuerpo entero: el sistema inmunitario, la digestión, las hormonas, el tiroides, el pelo, el sueño, el ánimo y también la forma en que envejecemos.
“El estado de alarma que estamos viviendo nos acelera el envejecimiento”, afirmó, aludiendo no al estrés puntual que nos permite reaccionar ante el entorno, sino a esa alerta sostenida que termina convirtiendo la vida diaria en un territorio de amenaza.
Pedro Ruiz recogió esa idea desde otro lugar, con una imagen que desplazó la conversación hacia una zona más íntima: “La botella es el cuerpo y el agua es el alma. Si el alma está agitada, rompe la botella”.
En esa metáfora se abrió una de las capas más hondas del encuentro: la salud como equilibrio frágil entre lo que ocurre en el organismo y lo que cada persona carga por dentro; entre la bioquímica, la coherencia interior, la paz moral, el sentido y la posibilidad de vivir sin estar permanentemente en guerra con uno mismo.
Relaciones que son medicina o veneno
Otro capítulo indispensable para una vida plena y una longevidad saludable es el de las relaciones personales. Las relaciones pueden sostenernos o drenarnos. Pueden ser medicina o veneno.
“Una relación tóxica te puede quitar la energía, la autoestima y la autoconfianza”, afirmó la doctora. También advirtió de algo más profundo: “Si pierdes tu identidad, estás perdido”.
Para ella, la longevidad saludable no puede entenderse sin mirar los vínculos, los entornos y las personas que entran o permanecen en nuestra vida.
Debemos aprender a decir que no, a priorizarnos, reconocer los propios valores y debilidades, y de trabajar el subconsciente cuando existen patrones emocionales que nos impiden cuidarnos. En su discurso no se destilaba una pizca de autoayuda rápida, sino una dimensión innegociable del cuidado desde un enfoque integrativo que conecta salud mental y física como un todo indisoluble.
La voluntad de adaptación
Sin duda, inspiradora e indispensable fue la referencia a María Branyas, la mujer más longeva del mundo en 2024, a quien Carmen Romero pudo conocer y entrevistar. Cuando le preguntó por el secreto de su longevidad, la respuesta fue sencilla y enorme: “Voluntad de adaptación”.
Para Romero, esa frase resume una parte esencial del envejecimiento saludable. No basta con adaptarse. Hay que querer adaptarse. Hay que ejercer una actitud activa ante la vida, incluso cuando cambian el cuerpo, el contexto o las circunstancias.
“Siempre podemos empezar en cualquier momento y mejorar”, defendió. Esa fue una de las ideas más esperanzadoras de la tarde. No todo está escrito por la genética ni por el pasado. La salud también se construye desde el presente.

Humor, bondad y sentido de vida
Pedro Ruiz aportó un contrapunto muy valioso. Entre bromas, poemas y frases afiladas, introdujo temas que ampliaron la conversación hacia el alma, el humor, la bondad y el sentido de vida.
“El humor es el único escape que tenemos en esta masacre social en la que vivimos”, dijo. También dejó una reflexión especialmente luminosa: “No hay nada más heroico que la bondad”. En una conversación sobre longevidad, esas frases no son adornos. Recuerdan que vivir mejor no depende solo de parámetros clínicos, sino también de cómo miramos a los demás y de cómo habitamos el mundo.
Romero recogió esa idea al hablar de compasión. Para ella, llegar a la compasión implica liberarse del odio, del rencor y de emociones que terminan atacando la salud mental y emocional de quien las sostiene.
Cuidarse empieza por quererse
“Aprende a amarte primero. Cree que puedes”, dijo. Después llegarán los hábitos: moverse, dormir, saber elegir conscientemente qué comer, gestionar el estrés y alejarse de las personas tóxicas. “todas las que os acabo de decir, son gratis”, añadió.
En el tramo final, una pregunta del público llevó la conversación a lo más concreto: si hubiera que empezar por un hábito, ¿cuál sería?
La idea fue sencilla y poderosa: cuidarse no empieza en el gimnasio ni en la consulta. Empieza en la forma en que una persona se trata a sí misma.
Una longevidad con autonomía, energía e ilusión
La edad no importa nos invita a comprender cómo envejecemos, qué podemos hacer para vivir mejor y cómo combinar ciencia, hábitos, medicina de precisión, salud emocional y conciencia personal.
La tecnología, los datos y los avances médicos permitirán medir, anticipar y personalizar más que nunca. Pero la presentación dejó claro que la verdadera revolución de la longevidad será sobre todo cultural, emocional y profundamente humana.
Quizá por eso una de las frases que mejor resume el espíritu de la tarde fue esta: “Yo lo que quiero es que el tiempo que viva sea independiente y siga manteniendo mi ilusión”. Ahí está el verdadero reto. No añadir años sin más, sino ganar vida.




