El diseño de oficinas ya no va de metros cuadrados: el espacio de trabajo condiciona concentración, bienestar y talento. La metodología WELL convierte aire, luz y acústica en rentabilidad.
Por Ana Pradillo. titulada en arquitectura superior, MBA y fundadora de WÄLMO Estudio | Durante mucho tiempo hemos pensado las oficinas en m2, puestos de trabajo, salas de reuniones y costes. Era lógico y natural. Lo necesario para poner en marcha nuestra actividad y ajustar al máximo los gastos. La única forma de afrontarlo era solucionar una necesidad funcional para el desarrollo del trabajo. Pero hoy esa mirada se queda corta. El espacio en el que trabajamos condiciona cómo nos sentimos, cuánto nos cuesta concentrarnos, cómo nos relacionamos con los demás e incluso las ganas que tenemos de permanecer en él. Y cuánto y cómo trabajamos, claro.
Y esto importa especialmente ahora. Desde la pandemia y tras varios años en los que muchas personas han podido comparar la oficina con trabajar desde casa, las empresas ya no pueden dar por hecho que basta con poner una mesa, una silla y un ordenador. Si queremos equipos implicados, productivos y unidos, también tenemos que preguntarnos qué tipo de entorno les estamos ofreciendo.
Aquí es donde el diseño deja de ser una cuestión puramente estética y se convierte en una forma de fomentar la productividad y la rentabilidad.
Los edificios influyen en nuestra salud
Una oficina puede ser espectacular en una fotografía y funcionar mal en el día a día. Puede tener el mobiliario más sofisticado y, sin embargo, demasiado ruido. Puede ser muy luminosa, pero generar reflejos incómodos. O puede tener una gran zona abierta que, sobre el plano, parece perfecta y que después hace casi imposible mantener una conversación privada o concentrarse durante una hora seguida.
Por eso siempre me ha interesado especialmente la metodología WELL. Su planteamiento pone el foco en algo bastante sencillo de explicar: los edificios influyen en nuestra salud y nuestro bienestar. Aire, agua, iluminación, confort térmico, acústica, movimiento o alimentación dejan de ser cuestiones independientes y pasan a formar parte de una misma manera de entender el espacio.
La calidad del aire es un buen ejemplo. Cuando la ventilación no es adecuada, el ambiente se carga y aparece antes la sensación de cansancio. Con la temperatura sucede algo parecido: todos hemos vivido reuniones en salas congeladas o jornadas, sobre todo antes de las vacaciones de verano, en espacios donde hace tanto calor que cuesta pensar en otra cosa.
Y está el ruido, probablemente uno de los grandes problemas de muchas oficinas y centros de trabajo. Podemos defender los espacios abiertos, pero eso no significa que todo tenga que ocurrir en el mismo lugar. Hay momentos para hablar, reunirse o compartir ideas y otros en los que necesitamos silencio y concentración. Una buena zonificación tiene que permitir ambas cosas.
La luz también merece mucha más atención de la que solemos darle. Aprovechar la iluminación natural y complementarla correctamente con luz artificial no es un detalle decorativo. Nuestro cuerpo responde a la luz a lo largo del día y diseñar teniendo en cuenta esos ritmos ayuda a crear entornos más agradables y coherentes con nuestras necesidades.
Algo parecido ocurre con la naturaleza. Introducir vegetación, materiales como la madera o la piedra, vistas hacia el exterior o zonas donde poder desconectar unos minutos aporta calidez a espacios que muchas veces se han diseñado de manera excesivamente artificial.
Una oficina flexible, más allá del horario
También podemos hacer que la propia oficina invite a movernos. Una escalera visible y agradable puede utilizarse mucho más que otra escondida al fondo de un pasillo. El mobiliario puede permitir cambiar de postura. Y disponer de distintos lugares para trabajar hace que una persona no tenga que permanecer ocho horas exactamente en el mismo punto.
Para mí, esa flexibilidad es clave. No hacemos lo mismo durante toda la jornada, por lo que tampoco tiene demasiado sentido obligarnos a trabajar siempre en el mismo entorno. Podemos necesitar una mesa tranquila por la mañana, una sala de reunión después y terminar el día hablando con un compañero en una zona informal.
Y precisamente esos espacios informales tienen mucho más valor del que parece. Una cafetería o una zona común bien pensada favorece conversaciones que probablemente no ocurrirían en una reunión programada. Ahí se comparte información, aparecen ideas y se construyen relaciones. Para una empresa, esa cohesión también tiene valor.
Incluso cuestiones aparentemente pequeñas, como disponer de agua de calidad o facilitar opciones de alimentación saludable, forman parte del mensaje que transmite un espacio: aquí nos importa cómo están las personas.
Creo que ese es el cambio de fondo. Una oficina no debería diseñarse únicamente para que quepan todos los empleados, sino para ayudarles a hacer bien su trabajo. No se trata simplemente de hacer oficinas más bonitas, sino de crear espacios capaces de competir con algunas de las ventajas que el trabajador ha encontrado en casa.
Porque cuando el espacio facilita la concentración, permite colaborar, ofrece privacidad cuando hace falta y hace que las personas se sientan cómodas, el diseño empieza a tener impacto en cuestiones que cualquier empresa entiende perfectamente: rendimiento, compromiso, cohesión, retención de talento y, en último término, rentabilidad.
La oficina no tiene que parecerse a nuestra casa. Pero si vamos a pasar cientos de horas al año en ella, sí debería conseguir, al menos, que nos sintamos bien estando allí.




