Salud es también lo que pasa de nueve a seis

por | Abr 7, 2026

El Día Mundial de la Salud, nos da una excusa para detenernos y pensar sobre el bien más preciado que tenemos. Este año, declarado por el Gobierno de España Año de la Seguridad y Salud en el Trabajo, aprovechamos la ocasión para abordar una pregunta que está en pleno orden del día: ¿qué está pasando con nuestra salud en los entornos laborales?

La salud es de esas cosas que damos por sentadas. Nos acordamos de ella cuando falta. Incluso, durante muchas generaciones, la salud se definió como la ausencia de enfermedad. Mientras no estuviésemos patológicamente mal, estábamos bien. Una definición de mínimos que permitía no ocuparnos de ella mientras no saltasen las alarmas.

Aunque tiene varias décadas, hasta hace poco no hemos empezado a hablar de salud tal y como la define la OMS: como un estado de completo bienestar físico, mental y social. No la ausencia de afecciones. No el simple hecho de no estar indispuesto. Algo bastante más exigente y, a la vez, bastante más interesante. Porque si la salud es bienestar en todas esas dimensiones, entonces la salud está en lo cotidiano. En lo que hacemos cada día. En lo que nos ocupa, nos mueve, nos cansa o nos llena.

Trabajo y salud: una relación que no podemos ignorar

El trabajo ocupa un lugar central en nuestras vidas que va mucho más allá de las horas que le dedicamos. Es el contexto en el que nos relacionamos, en el que nos medimos, en el que construimos buena parte de quienes somos. La identidad, decía Dejours, es el armazón de la salud mental, y el trabajo es uno de sus materiales fundamentales. De ahí que actúe como un catalizador tan poderoso: no de forma neutra, sino en una dirección o en otra. Según cómo sea ese trabajo, según el entorno que lo rodea, puede construir salud o puede erosionarla. Las dos cosas son posibles, y las dos ocurren cada día.

Identidad laboral y salud mental: más conectadas de lo que parece

El trabajo nos da un lugar. Un lugar social, un lugar simbólico, un espacio de pertenencia que se construye día a día. Nos muestra cómo somos, desde dónde pensamos, qué toleramos, dónde nos bloqueamos. Saca a la superficie cosas de nosotros mismos que en otros contextos permanecen escondidas. En ese sentido, trabajar no es solo ejecutar tareas. Es enfrentarse a relaciones, a jerarquías, a pares, a conflictos. Es desplegarse. Y ese despliegue, cuando funciona, tiene una dimensión casi reparatoria: el reconocimiento que llega del otro, el sentido que uno construye en lo que hace, la posibilidad de transformar el esfuerzo en algo que vale. El sufrimiento, en el mejor de los casos, se convierte en crecimiento.

Por eso el trabajo es un catalizador de salud tan poderoso. Para bien y para mal. Puede ser el mejor entorno posible para construirla, o puede ser exactamente lo contrario: un lugar que desgasta, que aplasta la subjetividad, que deja a las personas más pequeñas de lo que llegaron.

La pregunta, entonces, no es menor: ¿estamos generando las condiciones para que la salud florezca en los entornos de trabajo? ¿Somos, como organizaciones y como profesionales, generadores de salud, o sin quererlo, la estamos mermando?

El Gobierno de España ha declarado este el Año de la Salud y Seguridad en el Trabajo, y la declaración llega en un momento en que la conversación ya no puede seguir siendo solo sobre riesgos físicos. Eso sigue siendo imprescindible, pero es insuficiente. El reto hoy es más amplio y más profundo. Tiene que ver con la salud mental, con el sentido, con los vínculos que se construyen o se deterioran dentro de una organización.

Generar salud o mermarla: la responsabilidad de las organizaciones

Ahí es donde quienes trabajamos en el ámbito del bienestar tenemos una responsabilidad que va mucho más allá de organizar iniciativas. La misión, la verdadera, es ayudar a tomar conciencia. Conciencia de la cultura de nuestra organización, del impacto que eso tiene en las personas, y de algo que a veces se olvida: la salud también es responsabilidad de cada uno. El entorno importa, y mucho. Pero la forma en que cada persona se relaciona con su trabajo importa igual.

Por eso trabajar en los departamentos de personas y bienestar es tan gratificante. Porque cuando se hace bien, el impacto es real y visible. Se nota en las personas, en los equipos, en cómo funciona una organización. Y porque, en el fondo, estamos hablando del centro que da sentido a todo: una sociedad sin trabajo significativo es una sociedad enferma. Y una organización que ignora la salud de quienes la forman, también.

Miguel Barrionuevo
Miguel Barrionuevo

Escribo sobre bienestar, liderazgo, diversidad y hostelería.

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