Hay un tipo de agotamiento que no se cura con ocho horas de sueño. Es ese cansancio denso, silencioso, que no solo se siente en el cuerpo sino que se enreda en el ánimo, en las emociones, en la identidad. Es el cansancio de sostener —sin pausa— lo laboral, lo emocional, lo afectivo. Y aunque muchas veces pase desapercibido en entornos empresariales hiperproductivos, es uno de los grandes retos del bienestar laboral actual.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo formuló con una claridad inquietante en su célebre ensayo La sociedad del cansancio (Herder, 2012): “Vivimos en una sociedad del rendimiento. Ya no nos explota un patrón, nos autoexplotamos en nombre de la libertad”. Esta autoexplotación —disfrazada de motivación o compromiso— ha calado en culturas empresariales donde el valor de una persona parece medirse por su capacidad de responder a todo, todo el tiempo.
Sostenerlo todo cansa
“El cuerpo avisa lo que la mente no se permite decir”, afirma Florencia Gianelli, psicóloga y experta en recursos humanos, en sus análisis sobre la cultura del sostén. Para Gianelli, muchas personas viven atravesadas por el mandato invisible de poder con todo, sin cuestionarlo. “El cansancio es también una forma de lenguaje: un grito mudo del cuerpo que sostiene demasiado por dentro y por fuera”.
Una idea que también abordó Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949): la filósofa francesa describía cómo determinadas personas —especialmente las mujeres— cargan con expectativas históricas que no eligieron, convirtiéndose en sostenedoras emocionales, familiares, productivas. “Sostener sin parar deja marcas”, decía, refiriéndose a esa doble jornada que, 75 años después, aún pesa en muchas trayectorias vitales y profesionales.
La sensación de tener que sostenerlo todo —ser eficiente, disponible, resolutivo, emocionalmente estable— se ha convertido en un mandato no escrito en muchas organizaciones. Y su coste es elevado: según el último informe del Barómetro de Bienestar Laboral 2024, realizado por la consultora Cigna en 23 países, el 87% de los trabajadores españoles declara sentir algún tipo de estrés laboral persistente, y un 54% reconoce síntomas compatibles con agotamiento emocional o burnout.
La trampa de Sísifo
Albert Camus, en El mito de Sísifo (1942), hablaba del esfuerzo absurdo de quien empuja una piedra colina arriba, solo para verla caer una y otra vez. En su ensayo, el filósofo no niega el sufrimiento de la repetición, pero invita a mirar con lucidez el sinsentido de ciertas rutinas impuestas: “Debemos imaginar a Sísifo feliz”, escribe, ironizando sobre la necesidad de encontrar sentido incluso en lo absurdo.
En muchas empresas, la trampa de Sísifo se cuela en políticas de “flexibilidad” que esconden disponibilidad permanente, o en culturas que glorifican al que responde correos a medianoche como ejemplo de compromiso. Pero no poder con todo no es rendirse, como recuerda el propio Camus. Es una forma de decir basta. De reivindicar la pausa como derecho. De recordar que sostener sin descanso no es resiliencia, es desgaste.
¿Cómo cuidar a quienes sostienen?
Desde la perspectiva del bienestar laboral, este fenómeno requiere un cambio de mirada. No basta con ofrecer clases de yoga o fruta gratuita si no se aborda la raíz del agotamiento. Según la Guía de buenas prácticas en bienestar emocional en el trabajo publicada por el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST, 2023), es clave trabajar desde una estrategia integral que incluya:
- Prevención del burnout, con formación a mandos intermedios para identificar señales tempranas.
- Revisión de cargas de trabajo, especialmente en roles de cuidado, coordinación o apoyo emocional.
- Cultura organizacional que valore el descanso, la desconexión y el derecho a decir no.
- Espacios de expresión emocional seguros, donde compartir el cansancio no sea una amenaza, sino una muestra de madurez y responsabilidad.
En palabras de Gianelli: “El verdadero liderazgo no es sostenerlo todo, sino permitir que nadie tenga que hacerlo solo”.
Hacia una nueva ética del trabajo
La sociedad del cansancio exige una respuesta organizacional valiente: poner en el centro no solo la productividad, sino también la humanidad. Eso implica que el bienestar no sea un complemento, sino un criterio estratégico. Implica comprender que el silencio de los cansados no es desinterés, sino una forma de resistencia.
Y, sobre todo, implica recordar —como decía Byung-Chul Han— que en una sociedad donde todo se puede, el mayor acto de libertad es atreverse a parar.




