El cansancio ya no es una anécdota al final del día: es un motivo de ausencia laboral capaz de mover millones. El estudio “¿Por qué no vas al trabajo? La otra cara del absentismo laboral” de Vivofácil (2025) revela un dato tan contundente como incómodo: el 49% de las personas trabajadoras en España admite que se ausentaría –o ya lo ha hecho– por agotamiento emocional, estrés o simple malestar. Y no hablamos de un fenómeno marginal. El absentismo cuesta entre 25.000 y 37.000 millones de euros al año, el equivalente al 3,1% del PIB, según la misma investigación.
Sin embargo, más allá del impacto económico, la cifra ilumina algo más profundo: estamos ante una crisis de energía mental, de tiempo personal y de capacidad para sostener el ritmo de la vida laboral contemporánea. Un 62% afirma que el trabajo afecta negativamente a su vida personal y un 47% reconoce no disponer del tiempo necesario para atender sus propias necesidades. La ecuación es clara: cuando las personas no llegan a todo, dejan de llegar al trabajo.
Lo relevante es que el estudio también demuestra que el apoyo organizacional reduce el absentismo emocional en más de 35 puntos. Entre quienes sienten respaldo corporativo, solo el 26% se planteó ausentarse por cansancio; entre quienes no, la cifra asciende al 61%. La diferencia no es de productividad: es de cuidado.
Y en ese cuidado, además de políticas y recursos, hay un componente silencioso pero determinante: la forma en que pensamos, organizamos nuestro día y gestionamos nuestra propia energía.
Cuando la ausencia es un mensaje del cuerpo (y de la mente)
El informe de Vivofácil señala cuatro motivos principales detrás de las ausencias:
- Obligaciones familiares (41%)
- Problemas de salud o recuperación (29%)
- Malestar emocional (20%)
- Gestiones personales (10%)
Que el 20% falte por ansiedad, estrés o agotamiento confirma lo que los equipos de bienestar vienen observando: los empleados no faltan porque quieran, sino porque no pueden más.
Esta saturación está muy ligada a lo que los psicólogos laborales denominan sobrecarga cognitiva: demasiadas tareas, demasiada información, demasiadas decisiones pequeñas que desgastan la capacidad de concentración y de regulación emocional. Cuando este fenómeno se cronifica, aparece lo que la literatura científica identifica como “agotamiento por recursos”, una disminución del rendimiento unida a la sensación de no recuperar nunca la energía.
Y aquí entra en juego un elemento que suele quedar fuera del radar: el pensamiento como herramienta de bienestar.
Pensar mejor para vivir mejor: estrategias que protegen el bienestar mental
Las organizaciones pueden ajustar procesos, flexibilizar horarios o reforzar sus programas de apoyo. Pero si la persona que trabaja no cuenta con hábitos mentales que favorezcan la claridad, el descanso interno y la priorización, el agotamiento termina filtrándose por todas las rendijas.
Diversos estudios en psicología organizacional señalan que cultivar estilos de pensamiento más realistas, menos reactivos y más orientados a la solución reduce de forma significativa la percepción de estrés y la probabilidad de desconexión emocional. Tal y como explica la literatura científica de la American Psychological Association, las personas que desarrollan estrategias cognitivas de autocuidado “experimentan menor desgaste y mayor sensación de control en entornos exigentes”.
En paralelo, expertos en bienestar como Kelly McGonigal, psicóloga de Stanford, recuerdan que “la percepción de nuestras propias demandas puede activar o desactivar la respuesta de estrés”. En otras palabras: cómo interpretamos la carga influye directamente en cómo la soportamos.
Con base en esa evidencia, y pensando específicamente en los equipos de bienestar laboral, estas son algunas estrategias de pensamiento que pueden incorporarse al día a día para reducir la sobrecarga mental, gestionar mejor el tiempo y aumentar la energía disponible:
Estrategias de pensamiento para reducir la sobrecarga y recuperar energía
- Del “tengo que con todo” al “qué es importante ahora”
La priorización es una herramienta cognitiva, no solo organizativa. Estudios de la Universidad de Harvard demuestran que quienes acotan mentalmente el foco reducen el estrés percibido hasta un 25%. En lugar de pensar en un día entero, centrarse en la siguiente acción concreta libera presión y mejora la eficacia. - Reformular la autoexigencia
El exceso de perfeccionismo está asociado a niveles más altos de ansiedad laboral. La psicóloga Brené Brown lo resume así: “El perfeccionismo no es auto-mejora, es auto-protección”. Sustituir el “debería hacerlo perfecto” por “haré lo mejor posible con lo que tengo hoy” aligera el peso mental y protege la autoestima. - Pensar en términos de ciclos, no de rendimiento continuo
La neurociencia confirma que el cerebro funciona en ritmos ultradianos: ciclos de 90 minutos de concentración seguidos de pausas necesarias. Ignorar estos ritmos incrementa el agotamiento cognitivo. Reconocer mentalmente estos ciclos permite planificar breaks sin culpa, que no son descanso: son mantenimiento. - Introducir micro-momentos de recuperación voluntaria
Según la investigación de la Universidad de California, pequeñas pausas de respiración consciente de 60–90 segundos reducen el cortisol y mejoran la claridad mental. No son grandes retiros; son “reset” breves que oxigenan el pensamiento. - Practicar la mirada apreciativa
La psicología positiva ha demostrado que entrenar al cerebro para identificar logros diarios —por pequeños que sean— aumenta la energía psicológica y disminuye el agotamiento emocional. No se trata de optimismo superficial, sino de un enfoque que equilibra la tendencia natural a fijarse en lo que falta.
Una nueva cultura del tiempo personal
El dato quizá más revelador del estudio de Vivofácil es que solo 1 de cada 4 empleados afirma tener tiempo para sí mismo. Y sin tiempo personal, no hay salud mental posible. El descanso no es un lujo, ni un beneficio laboral: es un recurso de sostenibilidad humana.
La cultura organizacional debe evolucionar hacia una concepción del tiempo que contemple:
- espacios de recuperación,
- límites razonables,
- permisos reales para desconectar,
- y un mensaje coherente desde el liderazgo.
Porque, como recuerda la evidencia científica publicada en The Lancet, la salud mental será uno de los principales desafíos económicos y sociales de la próxima década. El bienestar ya no es un “extra”; es una estrategia de continuidad empresarial.
Hacia una mentalidad que sostiene
El absentismo emocional, ese 49% que se ausentaría simplemente por cansancio, no es una falta de compromiso: es un grito. Un indicador claro de que las personas necesitan más apoyo, más claridad, más tiempo real y más herramientas para sostener su vida interior en un mundo acelerado.
El estudio demuestra que cuando ese apoyo existe, las ausencias disminuyen. Pero también apunta a algo que las organizaciones pueden cultivar desde hoy: una mentalidad de crecimiento, resiliente, realista y compasiva, que no exija heroicidades, sino humanidad.
Porque el bienestar laboral no se construye solo desde programas, sino desde una cultura —y un pensamiento colectivo— que devuelve a las personas aquello que nunca deberíamos haber perdido: la capacidad de cuidarse para poder trabajar, y no al revés.




