Por Nuria Pérez, Doctora en Educación y docente universitaria en la Universidad Autónoma de Madrid | Durante los últimos ocho años como terapeuta, he escuchado a decenas de madres y padres trabajadores decir la misma frase con palabras diferentes: “No estoy ni en un lado ni en el otro.”
Y lo dicen con culpa. Con cansancio. Con una frustración silenciosa que no se ve en la oficina, pero que se siente. Son profesionales comprometidos, capacitados, que llegan cada mañana al trabajo con el cuerpo presente, pero con la mente dividida: pensando en una llamada del colegio, en una rabieta mal cerrada, en una adolescencia difícil que avanza sin tiempo para estar…
Aunque ese malestar no se mencione en la evaluación del desempeño, no aparezca en los KPI ni figure en los reportes de clima laboral porque las urgencias operativas no lo permiten … pesa. Y mucho.
El impacto de lo que no se nombra
Cuando hablamos de salud emocional en las empresas, solemos pensar en burnout, ansiedad laboral o desconexión digital. Pero hay un componente que rara vez se incluye en los programas de bienestar: la carga emocional que arrastran quienes cuidan fuera del trabajo.
No se trata de hacer terapia en horario laboral, sino de reconocer algo evidente: la persona que trabaja no se desconecta mágicamente de sus vínculos al fichar.
De hecho, los datos lo confirman: el 77 % de los padres se preocupan por la salud mental de sus hijos durante la jornada laboral (Nami, 2021), y el 85 % reconoce haber perdido productividad significativa al intentar gestionar ese malestar (Brightline, 2022). No hablamos de algo menor.
Muchos de los programas de bienestar que reviso en grandes empresas son sólidos: incluyen mindfulness, hábitos saludables, incluso finanzas personales. Sin embargo, pocas organizaciones han incorporado en sus políticas una mirada sensible y estratégica sobre cómo la vida familiar afecta la concentración, la capacidad operativa, el liderazgo o incluso las dinámicas de equipo.
Y tampoco se trata de hablar de niños. Se trata de hablar del adulto que cuida, que se preocupa, que no duerme bien, que arrastra culpa… y que al día siguiente tiene que liderar una reunión como si nada, o responder a la presión de los KPI que sí se evalúan.
Lo paradójico es que muchas de esas personas rinden. Lo hacen. Pero a costa de su salud mental, de su vínculo con sus hijos e hijas, de su estabilidad emocional o de su sensación de coherencia interna. Y eso, en entornos BANI, no es sostenible para las empresas. Porque cuando la tensión es crónica, la familia estará por delante (en la gran mayoría de los casos), y el riesgo de abandono aumentará.
¿Y si empezamos por escuchar?
Una de las estrategias más potentes que he aplicado en el ámbito corporativo es simplemente preguntar:
¿Qué preocupa hoy a las madres y padres de los equipos?
Y las respuestas llegan. Con honestidad. Con alivio. Porque abrir ese espacio ya es un acto de cuidado. A partir de ahí, sí: se pueden ofrecer recursos, talleres, sesiones breves sobre bienestar familiar integradas en las estrategias de salud laboral. Porque las decisiones basadas en datos generan experiencias eficaces.
Y los resultados son claros:
- Mayor compromiso.
- Menor rotación.
- Y, sobre todo, una mejora real en el clima emocional del equipo.
El bienestar familiar no es un extra
Cuidar el bienestar familiar de los equipos no es una iniciativa blanda. Es una estrategia de fidelización, de sostenibilidad, de cultura organizacional con visión de futuro.
Es el gesto de que, por fin, la empresa ve ese malestar y decide acompañarlo.
Un trabajador que siente que puede ser madre o padre sin esconderlo, que puede pedir apoyo sin temor al juicio, que recibe herramientas reales para sostener sus vínculos, se compromete más, se enferma menos y permanece más tiempo.
Ese es el tipo de liderazgo que necesitamos hoy: el que cuida sin invadir, reconoce sin juzgar y acompaña sin exponer.
Cuidar a quienes cuidan no es solo un gesto ético. Es una forma de construir sostenibilidad corporativa con humanidad e inteligencia organizacional. Ese cambio ya está en marcha en muchas organizaciones. Si quieres liderarlo en la tuya, sé por dónde empezar.
Nuria Pérez es psicomotricista, especialista en salud mental infantil y bienestar. Doctora en Educación y docente universitaria en la Universidad Autónoma de Madrid, combina la práctica clínica con la investigación académica y la formación de equipos profesionales en España y Latinoamérica.
Ha acompañado a miles de familias, docentes y directivos a mejorar el equilibrio entre vida personal y profesional, con un enfoque riguroso, humano y estratégico.
Cuenta con un Executive MBA, que le permite integrar salud, liderazgo y sostenibilidad dentro de las organizaciones con una mirada transversal y orientada a resultados.





